domingo, 13 de enero de 2013
UNA NORMATIVA DE VANGUARDIA
miércoles, 1 de agosto de 2012
LÁGRIMAS POR SAN LORENZO
Nadie dijo que fuese a resultar fácil; nadie dijo que una
lucha, por pequeña que pudiera parecer, no fuese tediosa; nadie dijo que este,
precisamente este momento, fuese el más indicado para poner encima de la mesa
la Iglesia de San Lorenzo y su ruina… Ese es el problema, que nadie o casi
nadie ha dicho nada, o casi nada, en mucho tiempo.miércoles, 11 de julio de 2012
LA HORA DE SAN LORENZO
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| Foto de Baldo Padilla |
lunes, 7 de septiembre de 2009
DESOLACIÓN DE VOLVER. IMPOTENCIA Y RABIA CUANDO ESTÁS.

Deben de estar las cosa mal, muy mal en mi Úbeda natal cuando, Don Antonio Muñoz Molina ha levantado su pluma y, a través de un importante semanario cultural de nuestro país, se ha lamentado públicamente de la situación actual del Patrimonio Histórico-Artístico de Úbeda.
Para sonrojo de todos y con el fin de hacer llegar la voz y reflexión de D. Antioni o al mayor número de personas, incorporo, a continuación, dicho reportaje con el que comparto todo cuanto en él se dice. Aún así, me da la se sensación que Muñoz Molina no ha querido "hacer sangre" y se ha mostrado indulgente con la casta política que, como les define sus propios actos, más bien diría yo, que son Descastados.
DESOLACIÓN DE VOLVER.
Antonio Muñoz Molina.
Publicado en el País, Babelia, el 05 de Septiembre de 2009.
Desde una esquina en la zona de sombra en la que me he apoyado para leer el periódico miro la plaza que he recordado e imaginado tantas veces, la que está igual de arraigada en mi memoria infantil que en los mundos de ficción que he ido inventando a lo largo de mi vida, hasta el punto de que a veces ni yo mismo sé distinguir en qué medida estoy invocando un recuerdo verdadero o proyectando sobre el pasado un episodio de novela. Vista con ojos objetivos, la plaza no tiene nada o casi nada de extraordinario, salvo la torre del reloj, que forma parte de una muralla medieval. Es una plaza austera, menos andaluza que castellana, con soportales en dos lados, con edificios poco memorables que sin embargo, en conjunto, dan una modesta impresión de carácter, de lugar verdadero. En los soportales solía haber carritos en los que se vendían pipas, cacahuetes tostados, pequeños juguetes; también se vendían y se alquilaban tebeos. Había una farmacia, una tienda de lanas, un almacén de tejidos, la sede de un banco en el que trabajaba de cajero el padre de un amigo mío. Íbamos a verlo y estaba detrás de su ventanilla con barrotes dorados, y a mí me impresionaba lo blancas que eran sus manos, por contraste con las de mi padre, y la velocidad asombrosa a la que contaba los billetes.
En la zona central de la plaza se levanta sobre una base de figuras alegóricas talladas en piedra la estatua en bronce del general Saro, picoteada de agujeros de disparos. En los primeros años veinte el general Saro dirigió no sé qué campaña victoriosa en la guerra de Marruecos; en el verano de 1936 un pelotón anarquista lo fusiló en efigie, dado que ya estaba muerto. Durante años, con motivo de alguna de las muchas reformas que la plaza ha padecido, la estatua desapareció, porque algún analfabeto con cargo municipal -en la política española el analfabetismo es un mérito casi tan valorado como la desvergüenza- debió de pensar que siendo de un militar tenía que ser de un militar franquista. Me cuentan que se pensó sustituirla por una escultura más acorde con los nuevos tiempos de reglamentaria cultura andaluza, un monumento al penitente. El general Saro sobrevivió, dramático y sereno, con sus agujeros negros de disparos en la cabeza y en el pecho y su mirada hacia el sur, pero a su alrededor la plaza que desde hace mucho ya no lleva su nombre fue sometida a una de esas modernizaciones que gustan tanto a las autoridades locales: de los jardines, de los bancos, de las acacias y los aligustres sobre cuyas copas sobresalía la cabeza del general no quedó ni rastro, si bien en su lugar se pusieron unos coquetos maceteros de hierro forjado con la "U" de Úbeda artísticamente inscrita en cada uno de ellos, y se coronó todo con la boca enorme de un aparcamiento subterráneo y con la torre del ascensor correspondiente.
La primera vez que vi lo que habían hecho con esa plaza que era el corazón de mi ciudad se me puso en la garganta un nudo de congoja. Ahora vuelvo y la miro y la costumbre no mitiga el escándalo. Con la lógica peculiar de la renovación urbana, se ha considerado que en una ciudad donde hay varios meses de calores saharianos su plaza central no necesita árboles, salvo un par de naranjos escuálidos que difícilmente pueden prosperar en los inviernos mesetarios. A mediodía, desde mi esquina a la sombra, alzando los ojos del periódico, veo a la gente que se atreve a cruzar la plaza arriesgándose a un síncope, buscando a toda prisa el alivio de los soportales. Aparte de sus ventajas estéticas, el aparcamiento tiene la virtud práctica de atraer más tráfico hacia el centro de la ciudad, atascando las calles estrechas que llevan a él, algunas de las cuales están además levantadas gracias a la misma catástrofe de obras en gran medida innecesarias que azota al país entero. Algunos de los coches que hacen cola para entrar en el aparcamiento llevan las ventanillas abiertas y emiten a volumen sísmico una música de discoteca al parecer muy del agrado de los policías municipales que pastorean el tráfico.
En las noches calurosas, con los balcones abiertos, la música de los coches, los rugidos de las motos y la algarabía alcohólica del botellón animan las plazuelas y los callejones de mi barrio de San Lorenzo, que de otro modo estarían sumidas en un anticuado silencio. Iglesias y palacios se van hundiendo literalmente en el abandono mientras se tiran ríos de dinero cambiando sin ninguna necesidad antiguos pavimentos enlosados o empedrados por groseros baldosones de terrazo. Vuelvo a la hermosa plaza de Santa María y no puedo cruzar su limpia perspectiva porque está entera convertida en una zanja. Un amigo que vive en la ciudad me cuenta que los trabajadores, como no disponen de instalaciones con aseos, usan como urinario la fachada de la iglesia del Salvador.
En el curso de una generación se ha destruido para siempre lo que tardó siglos en hacerse. Lo que se está robando a quienes vengan detrás no es una memoria sentimental y un paisaje urbano que fue único, sino también una forma de disfrute de la vida y de prosperidad. Donde hubo perspectivas de huertas y de casas blancas que llamaban desde los caminos lejanos ahora hay bloques horrendos que se amontonan los unos sobre los otros para mayor beneficio de los constructores. Viajando por Europa uno descubre con envidia cómo en pueblos pequeños y en ciudades provinciales el cuidado en la preservación de lo más valioso del legado del tiempo es perfectamente compatible con el progreso tecnológico y tiene la ventaja práctica de hacer la vida más gustosa y crear una duradera riqueza: en España se empieza por arrasarlo todo. Cuanto más se alimentaban los orgullos locales y las lealtades vernáculas a lo largo de los últimos treinta años más impunemente se han destruido los paisajes. El orgullo local separado de la conciencia cívica es paletería, igual que el patriotismo sin ciudadanía es fanatismo. Se inventan pasados y se alimentan nostalgias rústicas al mismo tiempo que se impone la ignorancia y se borran las huellas del pasado verdadero, el que habría sido tan fértil para mejorar el porvenir.
Hace treinta años, en una de tantas idas y venidas, volví a mi ciudad para votar por primera vez en mi vida en unas elecciones municipales. Pensábamos que la democracia iba a traer a las ciudades un aire limpio de ilustración y racionalidad, espacios públicos rescatados del abandono y la roña franquista de los especuladores. Me paseo por Úbeda, entre zanjas y mugre, entre el deterioro de lo abandonado y la ostentación palurda de lo que no había necesidad de cambiar, me adhiero a una pared para que no me atropelle un coche con la música a todo volumen en una calle estrecha. Ya sé que en todas partes sucede lo mismo, que el gobierno de las ciudades españolas es un grosero catálogo de venalidad e incompetencia: pero sólo en ésta el escándalo político se me convierte en íntima desolación.
[Foto de Diario Jaén. 8 de Agosto, 2009]
jueves, 2 de abril de 2009
SANTO DOMINGO. MUSEO DE LA SEMANA SANTA DE ÚBEDA
Parece, según ha informado la web Cruz de Guía (http://www.ubedaenlared.com/cruzdeguia/cg/?p=1060), que se ha firmado un acuerdo entre el Obispado de Jaén y la Unión de Cofradías de Úbeda con el fin de poner en uso la Iglesia de Santo Domingo.
El fin último, que el edificio albergue lo que ha de ser el tan deseado Museo de la Semana Santa de Úbeda.
Sin duda y, a falta de conocer los detalles del acuerdo, la noticia parece buena tras una primera lectura. Sin dejar de ser cautos, parece buena dicha noticia puesto que, un edificio significativo del Patrimonio ubetense puede ser recuperado del estado de lamentable dejadez en el que se había sumido desde hace años. Es una reivindicación que lleva haciéndose desde hace años por parte del Pueblo de Úbeda. Su puesta en valor, podría asegurar, cuando menos, la recuperación de uno de los primeros edificios de las provincia en el que se ensayó la estética renacentista.
La pelota ahora, quedará en el tejado de la Unión de Cofradías, encargada, mediante dicho acuerdo, de su puesta en valor.
Es esta una tarea de mucha responsabilidad, que requiere un esfuerzo titánico en la que conviene agudizar el ingenio y trabajar mucho. Agudizar el ingenio porque, en los tiempos que corren, no están las Cofradías para grandes dispendios, ni mucho menos, pienso yo, para acometer y hacer frente a una restauración, en toda regla y costosa por otra parte, del edificio. Es aquí donde con el ingenio, debe mezclarse el trabajo, duro trabajo, que todo hay que decirlo. Buscar financiación se convierte en algo primordial y para ello, se hace necesario de un proyecto, que debe de ser serio y documentado, con el propósito de RESPETAR INEQUÍVOCAMENTE la idiosincrasia del edificio.
Me viene a la memoria el cúmulo de despropósitos que se han cometido en la Colegial de Santa María.
A mi entender, dicho proyecto debería ser conducido por expertos en la materia, que los hay y muy buenos, Historiadores del Arte a los que, desgraciada e inexplicablemente, poco se les tiene en cuenta en un tema que es el eje central de su formación y del que, sin lugar a dudas, son los más cualificados para llevar el estandarte de cualquier intervención en un bien patrimonial de carácter histórico. Los técnicos, encabezados por el Arquitecto, deben de atender a los dictados que los especialistas realicen con el fin de recuperar, salvaguardar y poner en uso dicho bien.
En Úbeda, desde distintos sectores, se han criticado los excesos que, sobre su Patrimonio, se han producido en estos últimos años como consecuencia de un obrar equivocado en cuanto a las intervenciones que se han realizado en los edificios históricos de la Ciudad. Ha faltado un par de.... narices, para hacer frente a las atrocidades que, en última instancia la Administración (que es la que ha pagado), ha realizado en la Ciudad. Es por ello por lo que la Unión de Cofradías debe haber aprendido de los errores del pasado y no volver a caer en ellos. Dicho acuerdo, parece facultar a las Cofradías Ubetenses para hacer una puesta en uso respetuosa del edifico.
Es hora de poner en práctica lo que tantas y tantas veces se ha dicho. Espero que hoy sea el inicio de una buena etapa en este sentido, en el que no quepan medias tintas ni intereses partidistas.
Así debería de ser y así ha de ser.

